de vuelta al ruedo…

El jueves 21 volvimos a las andanzas! Los vecinos del Bº San Martín abrieron la biblioteca “Darío Hugo Fernández” para un nuevo encuentro con los libros, las historias y los otros mediadores.

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Esta vez circulamos entre los clásicos de origen europeo y disfrutamos de diversas versiones de “La Caperucita Roja” y “El flautista de Hamelin” y de la mano de María Cristina Ramos los versos de “Encantado, dijo el sapo” volvimos a advertir  cómo esas historias nos han tejido subjetivamente y nos enlazaron culturalmente.

getBookImg Con Anthony Brown dimos un paseo por el bosque (allí donde nada es lo que parece) perdiéndonos en las referencias intertextuales a Hansel y Gretel, Ricitos de Oro, la Cenicienta, la Bella Durmiente, Rapunzel, El gato con botas, Las habichuelas mágicas y propia Caperucita. Fue interesante recorrer nuestras propias versiones de los cuentos, fue valioso descubrir que cada uno tenía una forma singular de renarrar la historia que tantas veces nos contaron y hemos contado!

Antes de irnos compartimos la “Carta al Lobo” que Laura Devetach incluye en su libro “Oficio de palabrera”, una  oportunidad para releer a Caperucita, una vez más. Acá va:

  Querido don Lobo:

  Cuántos años han pasado ¿no? Seguramente Ud. está entrecano y con algún diente postizo, igual que yo. Seguramente tendrá nietos Yo tengo una que se llama Sidonia. Tuvimos varias discusiones de familia para que no la llamaran con un sobrenombre, Gordi, por ejemplo. Porque tenía unos rollitos que Ud. se hubiera almorzado con fruición.

Hablé con mi hija y mi yerno y les conté lo feo que fue para mí darme cuenta, ya de grande, que mi nombre real se borró de un saque porque a mi abuela se le ocurrió llamarme para siempre como a esa capucha roja hecha por sus propias manos. Y lo peor es que yo no me daba cuenta. Y el mundo entero la apoyó.

Ud. se preguntará por qué le escribo. Bueno, ya que no lo maté cuatro o cinco veces como por momentos tuve ganas, hoy quiero atar algunos hilos sueltos de nuestra historia.

Quiero contarle por ejemplo que yo fui al bosque porque mi mamá, con esa maldita costumbre que suelen tener muchos grandes, me mandaba de delegada frente a mi abuela en lugar de ir ella. ¿No le parece arbitrario que mamá (sin motivos conocidos) mande a nena chica a que atraviese bosque con lobo para llevar manteca y tortas a abuela enferma? No entiendo por qué, si Ud. estaba en el bosque y ella lo sabía y también sabía de su apetito, esa mamá mía no me acompañó o me enseñó a defenderme. ¿A Ud. le enseñaron algo sobre las chicas que iban al bosque? Seguro que le dijeron que yo solamente era “comida” y que para ser un buen lobo había que comerse una chica. Bueno, ahí andaba yo, sola. Pero el bosque estaba lleno de otras cosas. Además de las flores con las que mi mamá me dijo que no me entretuviera, había pájaros, escarabajos que hacían divertidas pelotas, cañas para hacer flautas, olores misteriosos. Me llené de preguntas. ¿Por qué las palomas hacían nidos tan pero tan chatos que los huevitos se les caían? ¿Por qué el pino y su fruto, la piña, tenían la misma forma puntiaguda? Si se lo preguntaba a mamá o a mi abuela me contestaban: “Porque si” o “porque Dios lo quiso”, o que una chica debe estar ocupada y no preguntando pavadas. Alguna vez el leñador me enseñó a orientarme en el bosque mirando de qué lado crecía el musgo en los árboles. Pero no lo terminé de entender, y lo veía tan poco…

Yo sentía que tanto mi mamá como mi abuela siempre tenían razón. Y esa mala costumbre de que se me escaparan pensamientos me ponía bastante mal. Cuando me encontré con Ud, sólo recordé la advertencia de mamá. “Cuidado con el lobo” Pero — me dije atolondrada- ¿cuidado de qué? Encima me había entretenido con las flores, dos pecados juntos, pensar si la vieja no estaría equivocada y tirarme una canita al aire. Para colmo Ud. era amable, poderoso y pícaro. Con una sola pregunta, con tres frases que me dijo, logró que yo le ubicara la casa de mi abuela que fuéramos los dos para allá y encima, Ud. por el camino más corto y yo por el más largo. La muy mamerta sólo hizo lo que sabía: obedecer.

Después, cuando entré a la casa y mi abuela salió con esa idea de que me sacara la ropa y me acostara con ella, me sentí para el diablo, pero a los mayores no se los contradice y menos si están enfermos.

A partir de ahí poco y nada recuerdo. Sólo el miedo y la oscuridad.

Dicen que Ud. me comió entera. Gracias, eso ayudó a que saliera bien parada. El leñador se portó, hizo lo suyo ese muchacho. La que salió muy enojada fue mi abuela que repetía todo el tiempo: “yo le dije a tu madre, yo le dije a tu madre”.

En fin, don Lobo, pasó mucho tiempo. Pero cuando yo salí de su panza y pude sacudirme un poco el susto, me dije: “A éstas ya no les hago más caso”. No sé si Ud. seguirá tan bestia como antes o cambió un poco después de semejante experiencia. Lo  que sí sé es que sigue vivito y coleando y tiene hijos y nietos como yo. Y que algo podría haber pensado sobre estas cosas. Mi mamá y mi abuela siguen diciendo que verdades eran las de antes y que las mujeres no tenemos que pensar pavadas porque ésa es la voluntad de Dios y si no, nos come el lobo. También es cierto que mi mamá a veces me mira con curiosidad y una chispa verde parecida a la envidia. La historia, para mí, siguió para adelante con mi hija, con la nieta. Cada tanto la pequeña Sidonia tiene que cruzar el bosque. Eso es inevitable, ni siquiera es noticia. Siempre se encuentra con todo lo probable de encontrar en un bosque. Pero ella sabe algo sobre esas cosas. ¡Con los tiempos que estamos viviendo! La última vez se encontró con un lobito bastante piola y se hicieron tan pero tan amigos que no dan para personajes de cuentos como el que vivimos nosotros. Me alegro. Aunque parezca mentira, algo cambió en este mundo y por lo menos esta nieta mía necesita un cuento diferente. Desde todos estos años que me sirvieron para mirarme mejor, lo saluda atte.

Caperucita Roja

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