“Elogio de la dificultad” conferencia de María Teresa Andruetto

El viernes pasado, María Teresa Andruetto compartió las reflexiones que ahora publicamos con el deseo de que sigan desafiándonos intelectualmente. ¡Que disfruten de la conferenciaTere

María Teresa Andruetto

Elogio de la dificultad. Acerca del lector literario

He tomado como título de estas reflexiones, un ensayo del filósofo  colombiano Estanislao Zuleta, porque algunos de sus párrafos me llevan a pensar en las dificultades y desafíos que la literatura propone a los lectores que se animan a adentrarse en su universo. Zuleta cuestiona una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación… Y, por tanto, también sin carencias y sin deseo (1). Frente a ello, dice, la literatura nos propone en el transcurso de la lectura riesgos, luchas y por sobre todo nos enfrenta a nuestras carencias. No nos ofrece soluciones, más bien diríamos que nos plantea preguntas, porque problematizar lo que ha sido en nosotros naturalizado es una de las funciones fundamentales del arte. Cuestionar lo aceptado, recibir nuestras sombras, los riesgos de la vida que vivimos y de la sociedad en la que transitamos. En vez de desear una sociedad en la que sea necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de abundancia pasivamente recibida, dice Zuleta, pero sucede que los libros nos ponen ante nosotros mismos y ante el mundo del que formamos parte y nos instan a trabajar arduamente para hacer efectivas esas posibilidades. Así, la literatura nos propone inquietud, insatisfacción, intemperie. Como sabemos, no es suyo lo general sino el territorio de lo particular. No está en ella la palabra infalible, ni la palabra uniforme que suprime la indecisión y la duda; muy por el contrario, en su mundo viven la duda, las indecisiones, las dificultades de comprensión, que son todas estrategias necesarias para pensar por nosotros mismos, cosa siempre tan difícil. En fin, que la literatura no nos lleva a la simplificación de la vida sino a su complejización, sorteando el pensamiento global, uniforme, para ir en busca de la construcción de un pensamiento propio. Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la predilección por todo aquello que no nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades, dice Zuleta y sin  duda se trata el suyo de un pensamiento extremo que se propone mantener abierta la brecha entre lo dado y lo posible, entre lo real y lo ideal para seguir creyendo en la posibilidad de una vida mejor, en el profundo sentido de una vida más consciente de sí misma y de su relación con el mundo. La aspiración, dice citando a Goethe, a luchar sin descanso por una altísima existencia.

Mirar más allá, sin temerle a la dificultad y al sagrado derecho a disentir. Para eso, necesitamos saber leer, y saber leer no es terminar pronto si no leer despacio, dice el mismo Zuleta en otro ensayo que se titula precisamente Sobre la lectura, con lo cual el elogio de la dificultad podría ser también un elogio de la lentitud, porque si bien leer es transitar de un libro a otro, encontrar los propios senderos en medio de un bosque, no se trata de entrenarnos en sistemas veloces de lectura, sino de una lenta apropiación de lo que leemos. Todo buen lector es un rebelde, un insatisfecho, dijo Graciela Montes entendiendo la lectura como una actividad más amplia que “leer libros”, entendiéndola más bien como un sentirse desconcertado frente al mundo y buscar signos para construir sentido. La lectura es en efecto una invitación a descifrar las huellas de lo no dicho, dejándonos arrastrar por el ritmo de la frase y, al mismo tiempo frenando por el asombro del contenido (2). Debemos poder leer, dice también Zuleta, siguiendo a Nietzsche en su Zaratustra, como un camello, como un león y como un niño. Como un obrero que hace trabajar su pensamiento, como un rebelde que rechaza todas las formas de imposición o jerarquía y como un niño que en su inocencia siempre está comenzando. Tres condiciones para no leer por leer, para leer como un aventurero, no sólo como un lector capaz de interpretar, sino sobre todo como un lector capaz de permitir que el texto lo afecte en su ser mismo, en su ser íntimo, y lo lleve por nuevos caminos de conocimiento hasta dar con aquello que lucha por hacerse visible aún a riesgo de transformarnos.  Leer no es sólo consumir libros, como bien lo sabemos todos los que aquí estamos, sino convertirnos en camello y león y niño a un mismo tiempo, para corrernos de la equívoca idea del leer como distracción, cuando lee uno más bien para concentrarse, para encontrarse con uno mismo, del mismo modo que escribe uno o debiera escribir no como una tarea de ensoñación sino como una búsqueda de plenitud de conciencia. Todo buen libro nos invita a ensimismarnos y entonces la cuestión no es exactamente la cantidad de libros leídos, aunque la diversidad y el número sean también importantes. La cuestión es sobre todo cómo se lee y cómo se invita a otros a leer. Por eso tengo problemas con la idea de maratones o campeonatos de lectura. La vida es breve y en el más allá no preguntan a nadie por el número de libros que ha leído.  La lectura superficial, distraída, es como caminar por un paisaje con los ojos vendados. Tampoco debemos leer para olvidarnos de nosotros y de nuestra vida cotidiana, sino muy por el contrario, debemos leer para tomar con mayor conciencia y madurez nuestra propia vida…acercarnos a los libros como montañistas, no como fugitivos desganados de vivir, dicen que dijo Herman Hesse (3). De esto mismo habla el escritor Guillermo Martínez en un ensayo que se titula precisamente Elogio de la dificultad (4) y que va en el mismo sentido que quisiera darle a mis reflexiones de hoy.  Hay libros arduos cuya lectura se parece a un martirio. Conquistarlos, sin embargo, depara la felicidad de las victorias secretas, dice Martínez.  Cada vez que se habla de lectura, maestros, escritores y editores se apresuran a levantar las banderas del hedonismo, como si debieran defenderse de una acusación de solemnidad, y tratan de convencer a generaciones de adolescentes desconfiados…de que leer es puro placer. Interrogados en suplementos y entrevistas hablan como si ningún libro, y mucho menos los clásicos, desde Don Quijote a Moby Dick, desde Macbeth a  Facundo, les hubiera opuesto nunca resistencia, agrega reafirmando aquello que hace unos años dijo Graciela Montes en El placer de leer, otra vuelta de tuerca, para sacarnos de esa encerrona que es el placer de la lectura o la lectura por placer, con la que buscamos corrernos de la lectura por deber que marcó toda la línea de pedagogización de los libros para niños, con el perdón de la pedagogía a la que en su hora estigmatizamos como la madre de todos nuestros males. Yo me propongo, dice Martínez, la defensa más ingrata de los libros difíciles y de la dificultad en la lectura. No por un afán especial de contradicción, sino porque me parece justo reconocer que muchas veces en mi vida la lectura se pareció al montañismo, a la lucha cuerpo a cuerpo y a las carreras de fondo. En todo caso la literatura, como cualquier disciplina del conocimiento, requiere entrenamiento, aprendizajes, iniciaciones, concentración. Martínez habla de exponerse a literaturas antagónicas, de impedir que las preferencias cristalicen en prejuicios, de mantener un espíritu curioso. Son justamente los libros difíciles los que extienden nuestra idea de lo que es valioso, dice; son esos libros contra los que uno puede estrellarse la primera vez y a los que sin embargo vuelve. Frente a la lectura de tantos libros iguales entre sí, como escritos en serie, y a contrapelo de aquellos versos de Mallarmé que se lamentaban de la tristeza de la carne y de haber leído ya todo, él nos recuerda que los libros difíciles tienen la piedad de mostrarnos cuánto nos falta. Pero nadie puede leer en un libro más de lo que sabe, porque cada uno tiene un arco de sensibilidad más allá del cual nada existe realmente. Y en cada cual (ese arco de sensibilidad) es diferente (5). No se lee sino lo que ya se sabe y al mismo tiempo para leer es preciso lanzarse a una aventura y a un desafío, la aventura y el desafío de encontrarnos con nosotros mismos, porque al leer un libro capaz de interpelarnos, nuestra sensibilidad se abre a preguntas que buscan en el lenguaje su expresión y su respuesta. Pero así como para mirar hay que colocarse en alguna parte, así mismo leemos desde cierta perspectiva, desde una pregunta abierta, aún no respondida, que trabaja en nosotros y sobre la cual trabajamos cuando leemos. Leer a la luz de un problema es dejarse atravesar por un texto.

La dificultad. De eso hablamos. De la importancia de la dificultad en el camino de construcción de un lector. Fue durante este verano, leyendo los ensayos de Escribir en la oscuridad, del escritor israelí David Grossman, que percibí más que otras veces la importancia que en la lectura tiene la dificultad, lo que no tenemos y lo mucho que todavía no sabemos. Pertenezco a una generación que estaba habituada a leer textos sin comprender todas las palabras, dice Grossman. A principios de 1960, leíamos libros escritos en un hebreo arcaico y ampuloso; eran traducciones de los años veinte y treinta, muy alejadas de nuestro hebreo cotidiano. Por supuesto aquella incomprensión era un obstáculo para leer con fluidez, pero retrospectivamente me parece que, en aquel entonces, parte de mi experiencia lectora provenía precisamente de la incomprensión; del misterio…del placer de comprender algo. Lo menciono porque ahora (en la mayoría de los libros) se da prioridad a los términos más simples, incluso simplistas, es decir a la jerga… Dice también acerca de unos libros que su padre le dio cuando era niño, que en esos libros por primera vez recibió  la llave del túnel que conducía de mi infancia a la suya. Era un túnel extraño, una de cuyas bocas estaba en Jerusalén…, y la otra boca en un país llamado “allí”. En cuanto entré en aquel país, ya no pude salir de él. Nuestro escritor tenía para entonces ocho años y en pocos meses leyó todas las obras de Sholem Aleijem disponibles en hebreo.., cuando volví a leerlas para escribir estas líneas –dice- me sorprendí al darme cuenta de lo poco que entonces había podido comprender y de cómo me había influido lo que no estaba explícitamente escrito en los textos. …Ni sabía ni comprendía, pero algo de mí me impedía dejar de lado esas historias escritas en un hebreo que no me era conocido. Las leía como si me estuviera metiendo en un mundo absolutamente extraño que, al mismo tiempo, era una “tierra prometida” En cierto modo sentía que volvía a casa (6)

Retomo esta última frase: En cierto modo, sentía que volvía a casa. Eso es me parece la lectura, entrar a un territorio desconocido, extraño todavía, que nos promete, sin embargo, cierta recompensa, una experiencia en algún punto reparadora, algo así como un volver a casa, a nosotros mismos…, porque, dice Grossman, la lectura fue, al mismo tiempo, el contacto con el dolor y la única vía posible de curación, el único lugar en el mundo donde pueden coexistir las cosas y su pérdida. Lectura como encuentro entre subjetividades, como develar un secreto que otro ha escondido para nosotros. Un secreto que ha sembrado en el libro sus huellas y nos invita a revelarlo, porque lo que nos lleva a seguir en la página es saber que allí queda algo de no dicho, como escribió Cesare Pavese en una de las entradas de su diario. No es lo que se dice lo que nos lleva a leer, sino justamente lo que todavía no se ha dicho, lo que permaneciendo oculto promete mostrarse más adelante; lo latente, esa máquina de producir promesas que todo buen libro es, para que la lectura intente unir ese secreto que un texto encierra con la capacidad de descubrir que un lector tiene. Lo que el texto vela y el lector devela en su desvelo. Eso me gusta de leer y de escribir, tal como le sucede a la Rosa Mamani, el personaje de mi novela Veladuras, me gusta hacer las veladuras y también los falsos acabados. Primero uno cubre todo y después va sobando de a poco lo que tiene soterrado, que es siempre lo que duele y hay que soliviar. Es de ese modo como se cubre lo que estaba expuesto, se acrecienta lo que le falta a uno, y llega al fin lo que se necesita. Me gustan estos menesteres, porque se cubre lo que está debajo pero igual se ve. Es lo que pasa con lo que está velado: se ve mejor que cuando queda expuesto (7). Por esa tarea de investigación, por ese rastreo de huellas que llevamos adelante cuando leemos, Tzvetan Todorov relaciona lectura con género policial: el cuerpo de un muerto tanto como el texto emiten signos  y quien lee es como un investigador que intenta comprender, intenta dejarse atravesar por esos signos. El lector como un detective que husmea entre las frases, en los intersticios entre una palabra y otra, quitando capas y capas en busca de un cierto grado de revelación, para que aparezca lo que está allí pero escondido, reconstruyendo el edificio que es una obra, buscando algo de aquello que Octavio Paz escribió en El mono gramático: Aquello que se muestra en el lenguaje sin que el lenguaje lo enuncie, aquello que el lenguaje no dice y así dice, aquello que diría el silencio si dejase de ser silencio, aquello que realmente se dice, aquello que entre una frase y otra, en esa grieta que no es ni silencio ni voz, aparece, aquello que el lenguaje calla (8).

También Ricardo Piglia relaciona al lector con el detective cuando considera La carta robada de Edgar Alan Poe como el gran texto sobre la lectura y la figura del detective como la representación del lector. Siguiendo a la profesora Marta Ochonga en La escuela como espacio en el que debe buscarse la carta escondida– podríamos decir que no es la destreza de lectura sino las artes de la interpretación las que hacen a un gran lector, porque un lector inteligente, astuto, siempre lee más allá de la historia que se narra, buscando en cada aspecto del texto el secreto que oculta, y mirando en profundidad cada rincón de esa habitación o esa casa que es un texto. Tal vez ayude en ese camino, revisar otras obras del mismo autor o conocer el terreno en el que se construyó la obra que estamos leyendo, saber cuáles son los libros preferidos de ese escritor, cuál fue o cuál es su biblioteca personal…, caminos no sólo para nuestro propio recorrido de lectura, sino también para incitar a otros a leer. Cuando daba talleres sobre cuento leíamos en el año no muchos, sino unos pocos grandes cuentos; muchas lecturas de un mismo cuento, viendo cada vez un nuevo aspecto (no todos cada vez), una lectura detectivesca…. El paso del lector más tradicional a uno innovador se produce cuando este último rompe un modo de leer cristalizado y lee de una manera novedosa (9), dice también Marta Ochonga, profesora de Literatura del Instituto de Formación Docente Continua de Villa Regina, Provincia de Río Negro y del Seminario de Literatura Infantil en el Profesorado de Educación Especial con Orientación en Discapacidad Mental. Pero para que un joven se convierta en un lector innovador capaz de ir más allá del consumo de un relato, además de libros de calidad necesita ayuda. Para muchos niños, para muchos jóvenes, la escuela es el único espacio donde se puede encontrar esa ayuda, el único espacio posible de contacto con la cultura literaria. El discurso literario, desde siempre, fue exigente y pidió una recíproca exigencia a los lectores. Es precisamente por sus dificultades específicas, y no por su sencillez, que la sociedad sigue apreciando la literatura por encima de otras prácticas culturales, dice Aníbal Jarkowski. La lectura literaria en el sentido de leer en el marco de un sistema, insertos el libro y nosotros sus lectores en una red de tradiciones, es un hábito difícil de adquirir, porque los libros no están solos, cada libro pertenece a una tradición que lo antecede y respecto de la cual realiza distintos tipos de operaciones –de continuación, de desvío, de réplica, de ruptura, dice también Jarkowski. En ese sentido, un libro es inconcebible sin la historia misma de la literatura; sin embargo, esto es lo que cada vez cuesta más transmitir a los jóvenes, para quienes aquella dimensión histórica se ha desdibujado… (…)…en una suerte de presente permanente sin relación orgánica con el pasado del tiempo en el que viven (10) por eso la escuela necesita garantizar la presencia de determinados libros y ayudar a leerlos en contexto, reconocerlos enhebrados en una tradición, inmersos en un sistema literario, en el marco de una cultura y de una lengua. Jarkowski propone, en tal sentido, que el  profesor enfrente a los alumnos con sus propias limitaciones a la hora de leer textos literarios complejos, para reconocer esas limitaciones y diseñar estrategias para superarlas, porque la escuela es para muchos potenciales lectores, la única ocasión de ingreso a ese universo. El escritor inglés Aidan Chambers, en Biografía de un lector, nacimiento de un escritor, de su libro Somos aquello que leemos relata cómo hasta los nueve años no fue capaz de leer con fluidez, podía descifrar las palabras pero se le escapaba el misterio por el cual éstas podían combinarse en frases y las frases en párrafos. Una tarde, poco después de su noveno cumpleaños, imprevistamente sintió una multiplicidad de voces en su cabeza y comenzó por así decirlo, a comprender, pero no fue entonces, sino varios meses más tarde, a raíz de una escarlatina que se convirtió en lector habitual. Después llegó el descubrimiento de un libro excepcional (porque en la vida de todo buen lector siempre hay un libro iniciático) y  de un amigo llamado Alan que lo llevó por primera vez a la biblioteca pública. Sin Alan y sin la visita semanal a la biblioteca, no se hubiera convertido en lector, dice, pero dice también que recién hacia los catorce años, por el encuentro con un profesor muy especial, la lectura tomó para él otro rumbo. Se llamaba Jim Osborn aquel agudo e intransigente profesor a cargo del curso de inglés y estaba profundamente convencido de que al corazón del saber se llegaba leyendo literatura… En el sencillo relato de Chambers, podemos ver los diversos peldaños de lectura, leer sin comprender, leer y comprender, leer con frecuencia, leer y hablar de libros, incluso leer mucho, pero hay todavía un paso más en la exigencia lectora de aquel profesor que les enseña a sus alumnos la dificultad de entrar en la poesía de Coleridge. Así lo cuenta Chambers: Jim irrumpió en el aula con un tocadiscos, puso un disco, miró con sus ojos estrábicos a través de unos anteojos de culo de botella y dijo ¡Escuchen!.. (…)… después leyó las primeras líneas “Kublai Kahn en Xanadú había ordenado…”, contó luego con sus palabras aquella historia, preguntó qué pensábamos, si conocíamos a ese autor, nos hizo escuchar una y otra vez cómo están orquestados los sonidos del poema y así siguió implacablemente hacia adelante, insistiendo sobre la precisión. Fue un duro trabajo, afrontado con la certeza de que al final descubriríamos algo que valía la pena conocer.  No sé qué les habrá sucedido a los otros estudiantes, pero desde el instante en que Jim irrumpió en nuestra aula con el tocadiscos bajo el brazo y los libros contra el pecho…., para mí el entero mundo cambió (11). Como lo ha expresado Michèle Petit, más difícil es el contexto, más necesario mantener espacios para el ensueño, el pensamiento, la humanidad. Espacios abiertos hacia otra cosa. Espacios donde volver a las fuentes, donde mantener la propia dignidad, porque la literatura es metáfora de la vida, una vida para los vivientes no siempre fácil de significar. Salir de uno mismo para ser por un momento otro, aunque más no sea de manera ilusoria, es entre otras muchas cosas lo que nos propone la literatura. Ante el hastío, la angustia, el dolor, el desconcierto de un grupo humano –de un auditorio, por modesto que sea- hay siempre alguien dispuesto a construir un relato, un mundo de palabras que engaña o consuela, que abriga y demora la destrucción, que salva de la locura y el desamparo o los provoca.  En esta noche sin luna, sentados juntos alrededor del fuego, recordaré para ustedes las historias que Mori le contó a su madre para espantar el frío. Esto fue hace mucho, pero aún sigo escuchando, tan cercanos como si ella volviera a hacerlos para nosotros, aquellos ruidos murmurados bajo las hojas… (…)…Esta noche seguiré contando… contar es lo que me hace volver aquí todas las noches, porque allá afuera, lo saben, las cosas son distintas, dice el narrador de La Crisálida, del cordobés Augusto Porporato (12), en una novela que es al mismo tiempo una novela sobre la locura, un relato de cuarto cerrado, una obra sobre la dictadura, y un texto acerca de cómo se escribe una novela. Aquí, como en otros relatos de diversa extensión y calibre las armas pierden importancia porque la más poderosa arma para sobrevivir es la palabra; desde aquel Había una vez con el que una vez comenzaron todos los relatos, hasta el joven y amante lector del libro de Bernard Schlink, pasando por el gato que permanece despierto gracias a los cuentos en Historias a Fernández, de Ema Wolf, tanto como por la antológica narradora de las mil y una noches en el que se inspira, o el futuro que se visibiliza en el libro del mundo al que accede el viejo Melquíades en Cien años de Soledad, la literatura no cesa de llevarnos hacia nosotros mismos. Posibilidad de construir conocimiento, de vivir experiencias estéticas y de configurar una ética personal. La ética, como plantea Luis Percival Leme Britto en su texto Literatura, conocimiento y compromiso con la libertad, tiene que ver con pensar y construir la dimensión de lo humano, porque nos abre a experiencias estéticas y humanas que sacuden nuestra posición ética y nos obligan a redefinirla. ¿Qué espacio hay para la literatura en los jóvenes? El que estemos dispuestos a darle si estamos convencidos de la importancia de las experiencias estéticas y sensibles en sus vidas. Cada tanto, cuando decaen los espasmos en torno a la cotización del dólar, el reclamo de la pena de muerte o la formación del seleccionado nacional de fútbol, la sociedad argentina se interroga acerca de la relación de los jóvenes con la lectura. Se trata de una interrogación poco frecuente, por cierto, pero también espasmódica y que inesperadamente preocupa a adultos que leen muchísimo menos de lo que pretenden hacer leer a los jóvenes, dice Jarkowsky, por eso la pregunta hoy ya no es si se lee más o menos que antes, la pregunta y el desafío es cómo hacer para leer mejor y cómo hacer que otros lean mejor, es decir más selectivamente y más profundamente. ¿Qué podemos hacer entonces para mejorar la calidad de los lectores? La escuela no es un bloque monolítico y en su interior, viven todas las contradicciones que habitan en la sociedad. En los años 60, se hablaba mucho de que el analfabetismo era un interés del sistema, como una manera de subyugar a las personas, dice Luiz Percival Leme Britto (13). En cambio, lo que ocurre hoy es que al sistema el analfabetismo ya no le interesa, pero sí le interesa un alfabetismo ignorante. Eso es lo que llamo alfabetismo pragmático, dice. Y mucho de lo que se hace en promoción de lectura, en enseñanza de lectura en la escuela, inconscientemente y a veces a conciencia, se hace en esta dirección. Entonces la crítica que yo hacía iba dirigida a los grupos que trabajan en la promoción de lectura para que se den cuenta de que a veces hacen lo contrario de lo que quisieran hacer. No se trata de tomar el conocimiento como si fuese un saber pragmático, sino como una posibilidad de indagación de sí mismo, de los otros y de la sociedad. Los programas de lectura llevando productos mediáticos a la escuela, como una manera de “pescar” a los niños, es un equívoco, están reproduciendo ideología. Volviendo a la literatura, muchas veces promueven una mala literatura, una literatura de consumo, de entretenimiento para la gente, con la idea de que eso quizá los pueda conducir a planteamientos contestatarios. Bueno, eso no va a pasar. Entonces, mi idea es: hay que provocar la posibilidad de un extrañamiento, de cierta incomodidad, de una molestia en la vida de la gente como posibilidad de indagación de la propia condición humana y de las condiciones político-sociales en que viven. Darle sentido al acto de pensar. Limpiar un poco el discurso sobre la lectura de ese exceso de encantamiento, de fantasía, hay demasiada magia en torno a esto, un poquito más de realidad nos haría bien a todos. La lectura crítica puede participar en la transformación social, pero ella sólo va a existir plenamente si uno se involucra en los procesos de transformación. Por eso, se trata de un proceso dialéctico, pero no hay cambios de ninguna naturaleza, sin que uno se involucre en acciones fuertes desde el punto de vista del sentido de la vida, dice. También Noé Jitrik habla de esto en un ensayo que se titula Leer mucho y leer bien (14). Qué es leer bien, se pregunta. Por cierto que hay que saber leer o, lo que es lo mismo, poseer una competencia, pero la lectura es ya otra cosa, es una construcción que se erige entre un individuo y un texto pero también desde una cultura que opera en el individuo y en el texto… De este modo, podría afirmarse que no es un objeto neutro o puramente instrumental, su alcance es siempre mayor y va más allá… La lectura “crítica” organiza indicios de forma tal que por un lado recupera todo lo que la lectura literal ignora y la lectura indicial promete y por el otro es capaz de canalizar el conocimiento producido en todo el proceso…, por eso la lectura es deseable y por eso debiéramos tender a que sea de todos. Tenemos entonces mucho trabajo por delante para mejorar la cantidad y calidad lectora de nuestros jóvenes, porque es muy grande todavía la desigualdad de oportunidades. Para eso necesitamos maestros y profesores que valoren la importancia de introducir a los nuevos lectores en la dificultad, docentes capaces de construir un lector al que no le dé lo mismo un libro que otro. Del mismo modo que nos interesa el fondo editorial de un editor al que no le da igual editar un libro que otro y buscamos el nuevo libro de un escritor a quien no le da lo mismo escribir de un modo o de otro. Los buenos libros son construcciones de mundos, artificios que nos obligan a percibir otras vidas, imaginar otros derroteros humanos, esa es una de las razones más fascinantes de escribir y de leer: mirar el mundo desde ojos ajenos, intento de adentrarnos en otras condiciones de vida para comprender un poco más de la condición humana. Una de las razones más poderosas del escribir y del leer es, sin duda, el deseo de comprender a los demás, espejo a su vez del deseo de comprendernos a nosotros mismos. Lectura y escritura como un camino de conocimiento.  Tomando aquí y allá frases de Nuevo elogio de la locura, de Alberto Manguel, podríamos decir entonces que el lector ideal no es un taxidermista, tampoco es un arqueólogo, es más bien un inventor que lee para encontrar preguntas, que subvierte el texto, que sabe lo que el escritor apenas intuye, que cree que si no lee el mundo se vuelve más pobre y que vive cada libro como si fuera su autobiografía. Y un gran libro es un libro que crece mientras uno crece, un libro que no se gasta, que cambia con nosotros, que en la relectura tiene algo nuevo para darnos. Un buen libro es un territorio al que vamos en busca de preguntas y donde las respuestas -siempre provisorias- aparecen mientras escribimos o leemos, aparecen en la medida en que lo escrito toma forma. En un buen libro quien escribe aprende mientras escribe, se enseña a sí mismo –como dice Chambers de Ana Frank- cómo volverse escritor.

El buen lector. Pero cuándo y dónde se convierte un niño, un joven en un buen lector, en un lector capaz de leer de ese modo. Tal vez desde pequeños si se trata de una comunidad que usa libros; pero de sobra sabemos que no todas las familias pueden ofrecer eso, la escuela si lo puede ofrecer: el espacio escolar es uno de los espacios privilegiados para que libros y lectores aparezcan, dice Emilia Ferreiro. Sin embargo, no debemos olvidar que los llamados libros para niños o para jóvenes son en muchas ocasiones, más que literatura, libros vigilados, y entonces es muy fácil que aparezcan (pese a todo lo que muchos hemos luchado para que no sea así) mandatos, estereotipos y superficialidades que mutan y se reciclan de mil maneras. Basta haber sido en alguna ocasión jurado de la producción editorial para niños y jóvenes del país (y sospecho que algo similar sucede con las producciones editoriales de otros países) para comprobar que un gran volumen de esa producción podría ir rápidamente al cajón de desperdicios. Tenemos entonces que saber –escritores, editores, especialistas, mediadores- que la literatura es otra cosa, que es un lugar donde se producen rupturas. Hay muchos libros que responden al clisé literatura juvenil y  transitan por los tópicos de la vida de niños y jóvenes, pero si hablamos de literatura, ya no sabemos decir de características que los uniformen, porque la literatura –cuando es de verdad- es singular, trata de libros que más allá de una peripecia, nos proponen una experiencia de lenguaje y un recorrido de lectura que los vuelve únicos. Vivo como una necesidad, un desafío, una responsabilidad y un privilegio que en las escuelas de mi país los libros se incluyan en los programas escolares, de modo que convertirse en lector no sea un asunto de algunos sino una política de Estado, porque la construcción de lectores tiene su punto nodal en la escuela; defiendo mucho a la escuela y al trabajo de lectura que puede hacerse en ella, porque la escuela es (al menos en nuestro país) el gran igualador social de recursos culturales; en cuanto a los libros mismos, no creo que haya problemas en leerlos como parte de un programa, ni como parte de un deber, en clase o en la casa (siempre que quien guíe sea un buen lector, aporte buenos libros y habilite la conversación en torno a lo que se lee), porque, como bien sabemos, muchas veces el placer de descubrir un libro que se convertirá en inolvidable proviene del esfuerzo de transitarlo, todo lo que nos lleva a lugares nuevos implica esfuerzo y es poco probable que un niño haga eso por sí mismo, sin la ayuda de un adulto. Desconfío bastante del “espontaneísmo” lector de niños y jóvenes, donde pareciera que eligen solos cuando en realidad son inducidos a elegir ciertos libros por arrasadoras estrategias de mercado. Frente a ello haría un elogio de la dificultad y de la importancia de transitar esa dificultad junto a un maestro, un profesor, un bibliotecario, un padre. Convertirse en lector lleva su tiempo y es una tarea de alta intensidad, se trata de dar saltos sobre uno mismo hacia una mayor conciencia, una mayor complejidad, saltos para, en palabras de Chambers, ponerle el pecho a una literatura que no se dirija al público, sino al lenguaje. La buena literatura quiere lectores capaces de leer en serio, lectores capaces de comprender que la única libertad de pensamiento es la libertad que se construye. El camino hacia los grandes textos y las grandes obras que por siglos transitaron de modo privado y natural las clases privilegiadas (que no necesitan hacer demasiados esfuerzos para apropiarse de los bienes culturales porque esos bienes están al alcance de la mano), puede hacerse en la escuela, a través del esfuerzo y la dificultad, con niños y jóvenes de otros sectores menos privilegiados. Porque es una idea aristocrática considerar que a los bienes culturales se accede naturalmente, cuando no se forma parte del mundo habitual de circulación de esos bienes y porque la gente no sabe el tiempo y el esfuerzo que son necesarios para aprender a leer. Yo vengo intentándolo desde hace ochenta años, y aún no puedo afirmar que lo haya logrado, como escribió en una carta Goethe, quien como sabemos formaba parte del mundo de circulación de bienes culturales de tu tiempo (15)

Bibliografía

(1 y2) Estanislao Zuleta. Elogio de la dificultad y otros ensayos. Hombre nuevo editores/Fundación Estanislao Zuleta, Medellín, 2007

Estanislao Zuleta. Sobre la lectura http://www.mineducacion.gov.co/cvn/1665/articles-99018_archivo_pdf.pdf

(3) Herman Hesse. Sobre la lectura. http://elbuenlector.wordpress.com/2008/05/06/saber-leer/

(4) Guillermo Martínez, Elogio de la dificultad, Suplemento de Cultura. Clarín, 24 de abril del 2001.

Guillermo Martínez. El lector y sus criterios, Revista Ñ, 19 de abril de 2008.

(5) Wallace Stevens. Adagia. Ediciones península· Edicions 62. Versión castellana de Marcelo Cohen, Barcelona, 1987.

(6) David Grossman. Libros que me han hablado. Escribir en la oscuridad, De Bolsillo, 2011.

(7) María Teresa Andruetto. Veladuras. Norma, 2005

(8) Octavio Paz. El mono gramático, Seix Barral, Biblioteca breve, Barcelona 1974

9) Marta Ochonga. La escuela como espacio en el que debe buscarse la carta escondida. Pluma Docente.   Instituto de Formación Docente Continua. Alem N° 250. Villa Regina (Río Negro, República Argentina)

http://www.plumadocente.com.ar/portal/index.php?option=com_content&view=article&id=95:la-escuela-como-espacio-en-el-que-debe-buscarse-la-carta-escondida&catid=37:ensayos&Itemid=73

(10) Aníbal Jarkowski, Cuando se transforma la lectura, Todavía Nº 21. Mayo de 2009 http://www.revistatodavia.com.ar/todavia25/21.entregeneraciones03.html

(11) Aidan Chambers,  Siamo quello che leggiamo. Equilibri, Módena, 2011

12) Augusto Porporato. La Crisálida. Ediciones Recovecos, 2010

(13) Luiz Percival Leme Britto. Literatura, conocimiento y compromiso

con la libertad. En Inquietudes y desacuerdos: la lectura más allá

de lo obvio. Bogotá: Asociación Colombiana de Lectura y Escritura,

Asolectura.

Luiz Percival Leme Britto. Tiempos de resistencia, entrevista de Abel Sánchez, La Habana. Lecturas sobrelecturas. México edición Colombia 1. CONACULTA. ASOLECTURA. Consejo nacional para la cultura y las artes, Dirección general de publicaciones, Bogota, 2002

(14) Noé Jitrik, El tema de la lectura: leer mucho y leer bien, en Comunicación, Discursos, Semiótica, Autores varios, UNR Editora, Rosario, 1992, Pág. 24.

http://www.fcpolit.unr.edu.ar/programa/2003/04/05/leer-mucho-y-leer-bien-noe-jitrik/

15) Alberto Manguel. Nuevo elogio de la locura. Emecé, 2006

Ricardo Piglia, El último lector, Anagrama, 2005.

Michèle Petit, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. Fondo de Cultura Económica, FCE, 1999.

Michèle Petit, Lecturas: del espacio íntimo al espacio público. Fondo de Cultura Económica, FCE., 2001

Bernhard Schlink. El lector. Anagrama, 2000.

Graciela Montes. El placer de leer: otra vuelta de tuerca, en La literatura infantil y la formación de lectores, Ministerio de Educación, Provincia de Córdoba, 1990.

Cesare Pavese. El oficio de vivir. Seix Barral, 2001

Todorov, Tzvetan. Introducción a la Literatura Fantástica. Ediciones Buenos Aires, 1982.

Aidan Chambers. La penna di Anne Frank. Equilibri, Módena, 2011

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